domingo, 24 de junio de 2012

Happy Together

A las cuatro y media de la mañana el despertador empezó a sonar. No sé porque lo programé tan temprano. Maldita manía la de ser puntual. Fui hacia la sala, descolgué el auricular, marqué el número y pedí el taxi. Regresé al cuarto a cambiarme y terminar de arreglar mis cosas. A tan sólo cinco días de mi viaje a Buenos Aires, teniendo ya todo planeado desde hacía meses, tuve la excelente idea, ya que iba a estar en Argentina, de ir a las cataratas de Iguazú. La verdad es que nunca me ha gustado mucho la naturaleza, ni me considero una defensora acérrima del medio ambiente, sin embargo los acontecimientos previos a mi viaje ayudaron a que me decidiera por hacer algo diferente, algo que no haría normalmente.

Mochila al hombro y llaves en mano bajé antes de que llegara el taxista y así evitar que el timbre despierte a todos. Llego en tiempo justo y creo que igual toco, no sé. Me senté muy pegada a la puerta y no quite la vista del camino en todo el viaje. Debo admitir que estaba algo nerviosa, debía ir al aeroparque y aun no amanecía.  Cuando llegué me acerqué al mostrador de Aerolíneas Argentinas, me registré y me fui a esperar a la sala de embarque. Faltaba una hora para mi vuelo, tenía sueño y estaba bastante nerviosa de volver a viajar sola.

En el avión me toco la primera fila al lado de la ventana. Nos dieron un café y un pedazo de keke. El vuelo duró dos horas. A penas salí encontré al tipo de la agencia que debía llevarme al hotel. Tenía un cartel que decía AQUIJE y otro apellido que no recuerdo. Dio la casualidad que la otra persona era mi compatriota. Un peruano residente en Asturias y un español, que a primera impresión creí era su pareja. Luego me enteré que era su cuñado.

Me senté al lado del conductor y evité conversar o decir mi procedencia, no quería que mi compatriota descubriera mi nacionalidad y tan sólo por eso, pensar que somos hermanos o algo por el estilo. Me limité a observar el paisaje. Verde por donde mirará, más que eso, era una jungla a mi alrededor. Lo único que pensaba al ver tanto verde a mí alrededor era que de pasar algo inesperado, no habría forma de salir de ahí. Sin salida como la película.

Me dejaron primero, ya que mi hotel estaba primero en la ruta. Los otros dos siguieron viaje. Me registré y subí a mi habitación. Muy lindo todo, sino fuera porque tenía dos camas de dos plazas. Ya la agencia de viajes me había hablado de la falta de habitaciones simples y que por una cómoda suma adicional me darían la habitación master. No podía ser peor, para alguien que no sólo viajaba sola sino que estaba sola en todo sentido, tener una habitación en la cual se podía quedar una familia entera.

 Ese primer día decidí no hacer nada. No tengo espíritu aventurero así que la idea de salir a conocer por mi cuenta no existía. A pesar de que llegué al hotel a primera hora del jueves me dedique a dormir lo que no había podido hacer la noche anterior. Recién desperté ya por la tarde. Y aunque hubiera preferido no bajar al comedor debía comer algo. Sólo quedaban dos señoras tomando café. Pedí algún plato de pasta y ni siquiera lo terminé. Estuve conectada una hora en una de las cabinas del hotel y volví a mi habitación. A la noche el buffet estaba incluido dentro de la promoción que había pagado. Entonces decidí bajar y comer todo lo que pudiera.

Había escogido una mesa cerca del buffet para no tener que caminar mucho cada vez que quisiera comer algo más, pero un mesero, el mismo que me atendió a la hora del almuerzo, insistió en que me sentará afuera en la terraza. No sé porque acepté, la verdad quería subir lo antes posible y evitar hablar con alguien. Desde mi nuevo sitio se podía ver la calle, poco iluminada y gente pasando. Al frente había un restaurante y creo que había un grupo tocando o pasaron por la calle y se plantaron delante de ese sitio, no lo recuerdo bien, lo que nunca olvidaré fue la canción que tocaron. Estando lejos de casa y en un lugar lleno de turistas felices y enamorados, escuchar “My Way” en español hizo que pensará en él y en si fue correcta la decisión que habíamos tomado al separarnos. Terminé mi helado, pedí una coca-cola para llevar a mi habitación y me fui a dormir sin haber hablado con nadie, salvo el mozo.

El segundo día amaneció bastante temprano para mi gusto. Vinieron por mí a las siete y media de la mañana. Subí al bus y busqué un lugar individual. A penas si avanzamos unos cuantos metros cuando tuvimos que detenernos. Ya había escuchado, sin prestar mucha atención, el día de mi llegada que había piques. Es decir que habían cortado la ruta. Nunca en los días que duro mi viaje supe bien la causa. Tampoco me interesaba, tan sólo quería regresar a Buenos Aires lo antes posible. Ese primer inconveniente paso rápido. Bajamos y caminamos un poco hasta encontrar al otro lado un bus en el cual pudimos continuar hasta llegar al Parque Nacional del lado de Argentina.

Sin duda, el segundo día fue el mejor. Claro, que sólo me refiero a la excursión porque luego todo se fue a la mierda. Incluidas las cataratas, los souvenirs, las nuevas amistades y la estupenda comida. Para hacer la excursión del lado de Argentina, se requiere todo un día, en cambio para hacerlo del lado de Brasil sólo medio día o una mañana. Me toco un buen grupo y un guía muy gracioso y ameno. Hice un sub-grupo con una pareja de españoles recién casados y con el peruano y su cuñado español, que para ese momento aun pensaba que eran pareja.

La excursión tiene altos y bajos, esto quiere decir que hay que subir y bajar muchas escaleras y puentes colgantes. No tiene un camino recto y esto lo hace más interesante, también agotador. Cuando llegamos a La Garganta del Diablo fue como si de pronto todo hubiera quedado atrás. Él, la razón de mi viaje, la tristeza y los recuerdos. No podía pensar en nada, sólo que estaba ahí en ese preciso momento. Rodeada de una cantidad infinita de agua y una belleza sin palabras. Saque muchas fotos y hasta gravé con la cámara sin saber como funcionaba esa modalidad.

Luego de tomar fotos, de tomarle fotos a otros y de que me tomarán fotos. Guarde la cámara y me dejé tan solo estar. Quería por un momento pensar en la razón que me había  impulsado en llegar hasta las cataratas. No era él como había creído en un primer lugar sino yo el motivo de este viaje. Tal vez algo bastante influenciada por esa magnifica película de Won-Kar-Wai y esa infinita tristeza que te queda luego de haber terminado una relación de muchos años. Es el miedo que no te deja ir más allá de lo que uno cree. Nunca pensé que podría ser capaz de irme y dejarlo todo, pero ahí estaba yo en medio de ese hermoso lugar, esperando por mi, sólo por mi.

Pero como lo bueno dura poco. De regreso hacia el hotel volvimos a ser detenidos por los piques. Esta vez tuvimos que esperar en el bus por unas horas. De pronto se hizo de noche, al comienzo no me preocupé, pues no habías más que esperar y hasta me dormí en el bus. Cuando desperté todo seguía igual y no había señales de que nos dejarán pasar. La pareja de recién casados, decidió bajar y ver como podían pasar, ellos estaban hospedados del lado de Brazil, así que estaban más lejos. Yo no me bajé sino hasta que dieron la orden. No conocía a nadie y no podía seguirle el rastro a mi guía. Los otros españoles se habían regresado más temprano pues su vuelo partía por la tarde de ese mismo día, creo ellos habían hecho el recorrido del lado de Brazil el mismo jueves que llegamos. Así que no tenía grupo, ni guía a la vista. Todo era muy confuso, había una gran cantidad de gente, muchos gritos y alboroto. La verdad que nunca había estado en ningún tipo de manifestación y estaba bastante asustada.

Al final me arrimé a una pareja de argentinos. Con ellos pude pasar al otro lado cuando despejaron el camino, tuvimos que hacerlo a pie porque no permitieron que pasara ningún vehículo. Parecía que estábamos en una procesión, en un concierto o en el estadio, para el caso daba igual la comparación. Encontré a mi guía y subimos a un bus del otro lado, de pronto no entendí bien, sólo sé que me hicieron bajar y tuve que irme en taxi al hotel con tres gringos de dos metros que iban también para el centro. Pagué mi parte, entré directo a mi habitación y no bajé a comer. El piercing que me había hecho unos días antes en Buenos Aires me había estado molestando todo el día. Al final se me salió, intenté ponerlo pero fue imposible. Cuando creí estar a punto de insertarlo se fue la luz en el hotel.

Por suerte dejé de tenerle miedo a la oscuridad hace algún tiempo así que eso no me molestó pero si no poder ponerme el piercing de vuelta en la nariz. La luz regreso como a la media hora pero ya no había cable sólo algunos canales nacionales. Me tomé las dos Coca-Colas que encontré en el minibar sin saber cuanto me costarían, pues no pensaba volver a bajar al buffet esa noche y después de mucho rato me quedé dormida.

A la mañana siguiente lo único que quería era regresar a Buenos Aires. Pregunté y me dijeron que la ruta seguía cerrada. Ese último día me tocaba la excursión del otro lado así que no había ningún problema. Yo ya no pensaba en las cataratas, ni en las fotos, ni en el viaje ni en nada, sólo quería que alguien se hiciera cargo y liberarán el camino. Estaba harta, fastidia, país de mierda pensé, peor que Perú. Tomé mis cosas y me subí al bus, sin saber como llegaría o si llegaría a tiempo al aeropuerto. Crucé la frontera sola, mostré el pasaporte, más no me pidieron el certificado de la fiebre amarilla que me habían pedido en la agencia. Bueno pensé cien soles perdidos. Atravesamos un puente que llevaba los colores de las banderas de Argentina, Brazil y Paraguay. Luego me pasaron a un bus donde había otras personas, el guía hablaba con la gente en portugués, español e inglés dependiendo de la persona.

Nunca entendí bien la diferencia, creo que era algo así como que del lado de Argentina ves las cataratas desde arriba y por lo mismo tienes una mayor visión de todo, pero del lado de Brazil puedes acceder a una mayor proximidad y ver las cataratas desde adentro mismo. Ambas me parecieron buenas, tal vez desde el lado de Argentina se ve más como en las postales y eso me gustaba. Del otro lado ahora que lo pienso es bastante excitante por lo que estás a un paso de las cataratas pero también bastante peligroso y aterrador para mi gusto. Hay una plataforma que desemboca en un puente con el cual puedes prácticamente llegar hasta ellas. Todo eso está desde abajo, a diferencia de lado de Argentina que la misma catarata la vez de arriba.

Debo decir que ese recorrido lo hice sola. Nunca más vi a la pareja de recién casados, ni siquiera en el aeropuerto a pesar de que teníamos el mismo vuelo. Tuve que tomarme las típicas fotos donde sale tu cara en primer plano y algo de paisaje atrás, de lo más patético pues odio tener que pedirle favores a la gente y menos de este tipo. ¿Me puedes sacar una foto? ¿Qué hora tienes? ¿Qué calle es esta? A un paso de terminar mi recorrido, me confundí de ascensor y en vez de tomar el que me dejaría en la puerta de salida, me tomé el mirador. Seguí al grupo y por no preguntar terminé atascada en medio de las cataratas y su esplendido paisaje. Rodeada de siete u ocho brasileros pasé el susto de mi vida cuando el ascensor se detuvo. No sé cuanto rato paso, lo más probable es que no haya sido mucho, pero les digo no es igual quedarse en el ascensor de un edificio de oficinas que en medio de una jungla. No entendía nada de lo que hablaban, empecé a sentir esa molestia en la garganta cada vez que los nervios me traicionan y me dan ganas de vomitar cuando en realidad no las tengo. Traté de tranquilizarme y pasar desapercibida.

Cuando el ascensor bajo y se abrió, salí disparada para las escaleras. Se había largado a llover de una manera que nunca había visto. No me importo nada y subí más de cincuenta escalones bajo esa lluvia torrencial. Al llegar al punto de encuentro no pude dar con las otras personas, ni mucho menos con el guía. Di vueltas y vueltas tratando de hallarlos y nada. Me pareció ver el bus pero no estaba segura. Estaba completamente empapada, sin conocer a nadie y saber que hacer. De pronto apareció el guía y me confirmo que no estaba equivocada con respecto al bus, así que subí y esperé por los demás. Me llevaron de vuelta al hotel pero ya había pasado la hora del check-out, es decir que no tenía habitación. Intenté hacer contacto por Internet pero no pude. Me senté en uno de los muebles y tuve que esperar nuevamente a que abrieran la ruta.

Creo que me quedé dormida, aun faltaba para mi vuelo, de pronto me acerqué a preguntar y me dijeron que acaban de abrir pero sólo será por un momento. Pedí que llamaran a mi taxi pero no se pudieron comunicar con la agencia, entonces pedí uno en el hotel y me fui directo al aeropuerto. Estaba feliz de irme, miraba el paisaje pasar a mi alrededor y pensaba que no volvería, al menos no sola.

Recién en el aeropuerto pude almorzar, ir al baño y refrescarme un poco. Estando ya en la cola para subir al avión nos dijeron que debido a la tormenta tal vez se retrasaría un poco la hora de partida. No podía creerlo no había forma de salir de ese maldito paraíso. Estaba atrapada. Primero el corte de ruta, el cual impidió que disfrutara del tour, y luego la tormenta que no dejaba que regresara. Una vez que subimos, nos instalamos en nuestros respectivos sitios y nos pusimos los cinturones el avión  despegó, pero no dejo de sacudirse por un buen tiempo.
 
Ya para ese entonces no me quedaba más que reír. No recuerdo sin pensé en que nos estrellaríamos pero sí en cuanta falta me hacía creer en algo. El cielo estaba negro, no podía verse nada, a pesar de que no era aun de noche. Una vez que alcanzó cierta altura dejó de sacudirse. Llegamos al aeroparque, tomé un taxi de la calle y fui directo a casa. No podía evitar sentirme feliz o tal vez la palabra más adecuada sea viva. No podía no sentirme viva y feliz por estarlo. No pensaba en mi regreso a Lima, sino en los días que me quedaban todavía por delante y en las muchas cosas que aun podía hacer, junto a las personas que había conocido.

Montevideanos


Me pasé todo el viaje de ida sentada en mi sitio, sin moverme ni quitarme los audífonos. Sólo me pare para comprar una coca-cola helada. Pues ni bien subí al buquebus, aunque inmóvil aun, empecé a marearme. Por eso decidí que necesitaba una coca-cola, para aliviarme el malestar y música, para no pensar. Cuando planeaba el viaje, creía que lo haría por tierra y sola. No fue así, aunque tal vez haya sido mejor.


Todos se fueron a pasear por el buquebus y me dejaron cuidando las maletas. A mi me hubiera gustado asomarme a ver el mar. Imposible. No es igual acercarse a verlo desde el malecón en tierra firme como me gusta hacerlo en Lima que desde el medio de la nada. O mejor dicho en medio del mar. A donde sea que mirase había agua y más agua.
 

La noche anterior, mi hermano y yo habíamos salido con una amiga a tomar unas cervezas y luego la habíamos seguido los dos en el kiosco de la esquina del hotel. Así que no habíamos dormido mucho. Debíamos estar en el puerto a las siete de la mañana. A pesar del cansancio no pude dormir. Cosa rara, por lo general tengo facilidad para dormirme en cualquier parte.
 

Me la pase escuchando ese grupo que tanto le gustaba. Saque su libro de Carver y releí ¿Por qué cariño?, mi cuento favorito. Encontré un recorte de periódico del 2001, cuando ambos Pablos estuvieron por primera vez en Lima. Me quede mirando la foto completamente en blanco, no sé por cuanto tiempo. No quería preguntas absurdas ni cuestionamientos estúpidos.


El viaje duraba dos horas. De ahí directo al hotel. A comer y al cementerio. La calle del hotel se llamaba Río Negro y estaba ubicado en pleno centro de la ciudad. Llegamos un martes en pleno carnaval. Todo estaba cerrado. Salvo el restaurante donde comimos.


El barrio del Buceo, donde está el cementerio del mismo nombre, queda lejos del centro. Tomamos un taxi que le costó a papá casi cien pesos argentinos. Nunca entendí el cambio del peso uruguayo. Mi hermano empezó a preguntar si sabía como íbamos a dar con él. Lo calle diciendo que nos informarían. Y por suerte así fue.



Estaba en un lugar cerca de la entrada destinado a descendientes de suizos. De inmediato recordé que me había contado que su mamá era suiza y hacía unos postres o chocolates riquísimos. Pensé que su búsqueda tomaría más tiempo. Todo transcurrió tan rápido que casi me lo pierdo. Pedí a mi familia que me dejarán sola. Y me acerqué lo más posible. No llevé flores. ¿Para qué? A cambio saqué el disc-man y puse en repetición y a un volumen considerable “Where’s my mind?”.


Lo que resta del viaje, la verdad no vale la pena contarlo. Me hubiera gustado ir a Pozitos, su barrio, o buscar a Stoll para tomar unas cervezas y hablar de tiempos pasados. En mi mente las cosas se habían dado de otra manera.


Al día siguiente salimos a medio día de vuelta en buquebus. A penas si pudimos recorrer un poco el centro. Lo poco que vi me gusto. Antiguo y feo. Se parece al de Lima. Tal vez tengan eso en común.


En el viaje de regreso no me quedé en mi asiento. Decidí dar una mirada por las tiendas y me acerqué brevemente a una ventana para ver el mar. De pronto desapareció esa angustia que tenía al comienzo del viaje a Argentina. Ya nada me oprimía el pecho, por el contrario sentía una tranquilidad que venía necesitando.


Desde ese día dejé de atormentarme buscando noticias suyas sobre lo ocurrido y de pensar tanto él. Ahora sólo dejo que su recuerdo me sorprenda una tarde cualquiera.

lunes, 21 de noviembre de 2011

jueves, 22 de septiembre de 2011

Prosas Apátridas de Julio Ramón Ribeyro

Las palabras que se dicen los amantes durante su primer orgasmo son las que presidirán en el futuro toda su comunicación sexual. Son momentos de absoluta improvisación, en los cuales los amantes se rebautizan, o rebautizan las partes de su cuerpo. Los nuevos nombres regresarán siempre durante el acto para constituir el códice que utilizarán en la cama. Estas palabras son inocentes y muhas veces poéticas con relación a lo que designan. A veces son también disparatadas. Nadie está libre de decirle a su mujer la noche de su primera posésión: "Alcachofa." Y se fregó porque desde entonces, al poseerla, tendrá siempre que decirle "Alcachofa." El día que no se lo diga, la habrá dejado de querer.

martes, 6 de septiembre de 2011

No tan Buenos Aires I - Segunda Parte

A las seis y media de la madrugada, vino papá a tocarme la puerta. Creo que faltaban un par de minutos, su puntualidad no tiene límites. Yo acababa de llegar a penas dos horas antes, por suerte no tenía sueño, así que me levanté en el acto. La maleta ya estaba lista, me lavé como gato, me puse la ropa que había dejado lista desde la noche anterior y bajé al garaje donde me aguardaba papá. Estábamos a punto de salir cuando escuché la voz de mamá que decía: “Espérenme”. No podía creerlo, menos papá quien simuló su sorpresa. Así fue que ambos me escoltaron hasta el Jorge Chávez.


Una vez en el aeropuerto, el tiempo pasó rápido. Tenía listo el check-in, sólo restaba entregar mi maleta y pagar el impuesto de salida. Mi vuelo salía a las diez de la mañana, habíamos llegado a las ocho para hacer las cosas a su debido tiempo. Una vez que terminamos nos sentamos en el food-court para desayunar. Teníamos una hora exacta antes de que yo pasara a la sala de embarque. Creo que fue la primera vez en años, por no decir la primera vez, que desayunábamos los tres juntos. A las nueve en punto, me paré, tomé mi bolso y dije adiós. Faltaba una hora para que el avión despegara, así que me puse los audífonos y empecé a escuchar mi cd especialmente grabado para el viaje.

El vuelo de ida transcurrió sin mayores inconvenientes, a diferencia del vuelo de regreso, que no dejó de moverse durante las cuatro horas e hizo que se esfumarán mis ganas de convertirme en aeromoza. No pude dormir a pesar de lo cansada que estaba. Arribamos a las cuatro de la tarde, hora argentina. Migraciones estaba desierto y pudimos pasar sin demora. Todo fue tan rápido que las maletas demoraron en salir. Especialmente la mía, lo cual hizo que me pusiera algo nerviosa al respecto. Fue en ese momento cuando recordé que al haber llegado tan temprano, mi maleta habría entrado primero por lo tanto saldría de última. ¡Uf! El alma me volvió al cuerpo. Entonces aproveché el momento para cambiar algo de dinero. Una vez con mi equipaje en mano y con pesos en el bolsillo, me acerqué a la agencia de remises que papá me había dicho y pedí uno que fuera hasta el centro. Claro, papá sólo dijo la palabra León, ya que no recordaba nada más del viaje pasado.

Tucumán 2575, séptimo piso, departamento 51, esta fue mi dirección temporal mientras estuve en tierras gauchas. El departamento de mi amiga María, quedaba en el Once, cerca al Abasto. Cuando llegué María no estaba, pero me recibió la hermana de su novio, Bibi, con cuatro o cinco amigos más, todos provenientes de San Luis. Invadida por una timidez repentina, me fui directo al cuarto que me habían preparado, a penas si hice una señal de saludo con la mano y no salí de ahí hasta escuchar la voz de María. Después de los abrazos y saludos efusivos, me metí a la ducha y me cambié de ropa. Por suerte cuando salí los chicos ya se habían ido.

Ese primer sábado fue uno de los mejores días. María dijo que tenía planes para nosotras. Una fiesta de la novela en donde actuaba; “Mujeres de Nadie”.  A la fiesta había que llegar tipo 1 ó 2 de la mañana. Así que teníamos tiempo de sobra para huevear o estar al pedo como decían ellas. Nos sentamos en la mesa de la sala, María, Bibi y yo; y pedimos una pizza de palmitos con salsa golf (¡alucinante!), terminamos las cervezas que habíamos estado tomando y luego seguimos con un vino. Todo muy bien acompañado con la música de “Los Cafres” de fondo.

El sitio quedaba en Palermo Hollywood y si mal no recuerdo se llamaba “Esperanto”. Era inmenso y cuando llegamos había un show de cómicos haciendo de las suyas. No sabría decir si eran o no graciosos pues mi falta de sentido del humor me lo impide. Nos ubicaron en la zona VIP y nos sentamos en una mesa al fondo. Pedimos unas Estelas, las mismas que habíamos estado tomando en casa. No fue mucha gente de la novela. Poco a poco se llenó de gente no muy importante. Y a las chicas les dieron ganas de bailar. La música era un desastre. Así que me quedé sentada mientras las veía llamarme desde la pista de baile. Después de una hora y varios vodkas, mezclados con una especie de Red Bull, terminé por unírmeles. No quería malograrles el momento estábamos de joda, así que hice mi mayor esfuerzo.

Al día siguiente despertamos tarde. Yo quería ir a Plaza Serrano, en Palermo Viejo, había escuchado que los domingos los boliches se llenan con ropa de diseñadores independientes y no quería perdérmelo. María me acompañó a comprar. Una hora más tarde nos encontramos con Bibi y sus amigos, los mismos del día anterior, para ir a almorzar. El sitio que ellos querían ya no atendía porque pasaban las cuatro de la tarde y ya no había carne. Al final entramos a cualquier lugar y esperamos un montón hasta que nos atendieron. Pedí un Ojo de Bife, término medio, como siempre lo pido, no me importó que algunos en la mesa se sorprendieran de que no lo pidiera bien cocido. En Lima o en Buenos Aires, da lo mismo, término medio siempre.

Ese domingo, después de regresar al departamento cargada de bolsas, salí sola por la noche, tratando de no olvidar las direcciones que me indicó María. Primero fui al locutorio para llamar a casa y decir que había llegado bien. Este reporte se repetiría por el resto de mi estadía. También fui al Abasto, sede principal del BAFICI (Festival Internacional de Cine Independiente de Buenos Aires), para pedir la programación de las películas. Por Internet no había podido armar un cronograma, cada vez que entraba la página se colgaba. Pedí un lapicero y marqué todas las películas que pude en el único día libre que tenía para disfrutar del festival. Me puse al final de la cola a esperar que llegue mi turno, cuando me avisaron que cerrarían la boletería en cuarenta minutos. La cola era tan grande, que estaba segura no iba a llegar a tiempo. Así que me fui a casa.

El Once, según mi punto de vista, no dista mucho de nuestro querido Centro de Lima. Hay gente durmiendo en las calles, cantidades de basura regadas por las calles y una inseguridad que te hace estar alerta, sobre todo si ya oscureció y no estás acompañada. No esperaba otra cosa, ya anteriormente había estado en el Centro aunque debo decir que las diferencias se agrandan si estás en un hotel o en una casa.

Tengo que confesar que me limité a tomar taxi cuando la distancia era grande y a caminar cuando estaba por el centro. Nunca tomé colectivo, el tan popular bondi y sólo una vez subí al subte, claro que acompañada por María. Aunque hay varios países latinoamericanos que tienen subtes. Debo decir que me pareció un tanto complejo. La gente dirá que tomar taxi es carísimo, tal vez lo sea, sin embargo es lo más rápido y efectivo si no tienes mucho tiempo. De todas formas nunca pagué más de 10 pesos. Excepto para ir al aeroparque.

El lunes por la mañana desperté algo resfriada, por suerte Bibi me dio unas pastillas. No sé bien qué eran, pero me curaron al toque. Al  día siguiente me encontraba mejor. Igual fui a la farmacia y pedí más de lo mismo. Temía enfermarme y no viajar a Iguazú. Ese día a primera hora me dirigí a la agencia a pagar el tour. Salía el jueves a las siete de la mañana por Aerolíneas Argentinas. Sería un viaje de tres días, dos noches con excursión a las cataratas del lado de Argentina y de Brasil. Estadía en un hotel con desayuno y cena buffet. Además del transporte. Todo incluido por la cómoda suma de…

Por la tarde le pedí a María que me acompañará a la Bond Street, la galería underground situada en Santa Fe, para hacerme un piercing. La idea ya había estado dando vueltas en mi cabeza desde que llegué y no quería dejarla pasar. En menos de diez minutos tenía una bolita plateada en el lado izquierdo de mi nariz. La chica que me lo hizo me sugirió un arito más pequeño por ser mi nariz tan chiquita. No acepté. Me dolió mil veces más que el tatuaje. Encima la chica, una amarga, no dejó que María se quedará a mi lado. Estaba feliz con mi piercing. No podía dejar de imaginar la cara de mis padres cuando lo vieran. Estando en Iguazú se me salió de tanto manipularlo y por más que traté de ponérmelo, no pude.

Aproveché cada momento libre que tenía para caminar por Corrientes, Florida y Santa Fe, avenidas principales. No me volví a tomar foto con el Obelisco de fondo. Donde si me hubiera gustado sacarme fotos fue en Puerto Madero. Esto de viajar sola tiene como desventaja el no tener a nadie para que te inmortalice el momento. Compré gran parte de  los libros que quería o al menos los que encontré de la detallada lista que había hecho. También compré ropa y zapatos, sin necesidad de gastar tanto. A último momento me arrepentí de quedar en bancarrota por un viaje de repetición.

El miércoles fue uno de los mejores días que pasé sola. Había sacado entradas para cinco funciones seguidas, empezando desde las once de la mañana. Estaba emocionada ya que parte del viaje había sido para ir al BAFICI y debido al viaje inesperado a Iguazú sólo pude ir un único día al Festival. La última película no la pude ver, duraba más de cuatro horas y ese mismo día a las cinco de la mañana, el taxi venía por mí para llevarme al aeroparque. De las cuatro películas, la primera, un documental dedicado a Wim Wenders y tal vez la última, inspirada en el cuento “Cartas a Mamá” de Cortázar, fueron las mejores. El documental, “One Who Set Forth”, el mejor regalo que me llevo del festival, hora y cuarenta dedicados a los primeros años o comienzos en el cine del director alemán de “El cielo sobre Berlín” y “Tan lejos Tan cerca”. Pude conocer sobre su infancia, la estricta relación con su padre, sus inicios en el cine y las mujeres que lo marcaron a lo largo de su vida. En mi memoria el cuento de Cortázar es uno de los mejores, sin embargo la adaptación no me pareció muy buena, a pesar de su blanco y negro y la constante voz en off, recursos que me gustan en una película, no me pareció que lograra una buena composición. La obra de Julito es tan interesante que debería de adaptarse toda al cine.

Regresé de las cataratas un sábado por la noche. Encontré a María y Bibi en casa. Quedamos para salir con Martín, el novio de María, a una fiesta en casa de una prima. Había que hacer tiempo para que Martín regresara del trabajo tipo 1 ó 2 de la mañana. Entonces, María decidió que entre tanto prepararía algo para comer. Me preguntó si me gustaban las quesadillas y asentí con gran una sonrisa. Nuevamente pasamos ese sábado por la noche en casa, María, Bibi y yo, tomamos dos botellas de vino, esta vez mientras escuchábamos los discos de homenaje “Calamaro Querido!”(Tomo 1 y 2). El último día de mi estadía, horas antes que llegara el taxi, fui corriendo al Abasto a comprarlos.

La fiesta era en la terraza de un último piso en un departamento en Recoleta. La casa estaba llena de gente y sólo pasaban música electrónica. Tomamos las cervezas que habíamos llevado y nos fuimos a la hora. Cuando llegamos a casa, María vomitó a la salida del ascensor y nos fuimos a dormir. Al fía siguiente desperté con una resaca que no me dejó moverme de la cama en todo el día, hubiera preferido vomitar y estar bien ese domingo. Me dio pena no salir ese último día, tenía tantos planes. Volver a Plaza Serrano o ir a Plaza Francia. Pedimos comida para la casa. Milanesa con puré. Además, en esos últimos días el clima había cambiado. Según el pronóstico del tiempo estábamos entre 4º y 16º. Nos quedamos en casa, yo salí al locutorio para comunicarme con mis papás y confirmar mi llegada a Lima al día siguiente.

El lunes, mi último día, le pedí a María que me acompañará nuevamente a la Bond, quería ver si me podían poner de vuelta el piercing, pero me dijeron que tenía que pasar por lo menos un mes. Así que me fui con el arito envuelto en papel y un hueco medio cerrado en mi nariz. Almorzamos en un restaurante en Santa Fe y regresamos a casa. María tenía que estar a las tres en la productora y el remis pasaba por mí a esa misma hora. Así que fue Martín, la persona que menos había visto, la última que vi antes de irme. Le entregué las llaves y le agradecí por el cariño y la estadía. Subí al carro y dejé el Once. De ahí directo a Ezeiza y a esperar el vuelo con destino a Lima.

Esa última noche, echada en la cama de la que fue mi habitación. No pude dejar de pensar en las personas que quería ver y decidí no buscar a cambio de estar tranquila. En lo sola que me sentí en un lugar desconocido, a pesar de la compañía. En ti y en el rumbo que habían tomado las cosas en las últimas semanas antes del viaje. En lo rápido y lento que pasaron esos diez días. Cuando llegué no quería más que regresar y a medida que se acercaba el final no quería irme. ¿Qué será? Supongo que es cuestión de tiempo, de acostumbrarse y de dejarse estar bien.

lunes, 5 de septiembre de 2011

No tan Buenos Aires I - Primera Parte

Mi primera impresión, debo confesar, no fue la mejor. Tal vez deba decir que horas antes de tomar el avión estaba en cama y con fiebre, había vomitado debido a la cantidad de pastillas y remedios que mi madre me había hecho ingerir y ya se me habían ido las ganas de viajar.

El vuelo era a las siete de la mañana por lo tanto debíamos salir de casa como a las cuatro de la madrugada, para luego esperar un par de horas en el aeropuerto. A papá le encanta seguir las reglas y si dicen que hay llegar dos horas antes, pues llegamos dos horas antes. Había dormido con la ropa puesta para el viaje y aunque me encontraba un poco mejor, puesto que la fiebre había bajado, el ánimo aún no subía.

Mi mamá y yo fuimos trasladas a primera clase, sin saber bien por qué, pero como a caballo regalado lo aceptamos sin preguntar. Tomamos desayuno en el avión, jugo de naranja y crossaints. Intenté escuchar algo de música, pero empecé a sentirme mal otra vez, así que opté por dormir por el resto del viaje. El aterrizaje estuvo algo turbulento, no lo recordaba de esa manera. Hacía muchos años que no viajaba en avión. Encima los oídos me comenzaron a doler, escuchaba un sonido intenso, que no paraba. Conclusión: estuve con los oídos tapados casi por dos días o más. Cuando llegamos lo primero que hice fue ir a una farmacia, quise comprar unas gotas, pero la señora que atendía me recomendó mascar chicle, dijo que así se me pasaría. Creo que funcionó, aunque hubiera preferido las gotas. Me sentí un poco estúpida mascando mi chicle por las calles, esperando a que se me destaparan los oídos.

Arribamos a Buenos Aires a la una de la tarde, más trámites y pagos de impuestos, más recojo de equipaje y previo paso por el duty free, creo que salimos del aeropuerto como dos horas después. Al salir de Ezeiza estaba todo rodeado de verde fue muy extraño esa primera impresión. Aquí estamos acostumbrados a que, al salir del aeropuerto, nos encontremos con pavimento, carros, edificios y una gran cantidad de casinos. Parecía que estábamos en el campo, mejor dicho en las afueras de la ciudad. Para nada comparado con nuestro querido Jorge Chávez.

Tomamos una camioneta-taxi para que entráramos los cuatro, más nuestras respectivas maletas. Yo iba recostada contra la luna del taxi y miraba todo como si fuera una película, aún me encontraba bajo los efectos de la última pastilla que tomé en el aeropuerto antes de embarcar. Había mucho sol y mamá no dejaba que me quite las casacas, ninguna de las dos que llevaba encima. El viaje en taxi demoró entre treinta o cuarenta minutos. Conforme nos adentrábamos en la ciudad, empezaron a aparecer los edificios, sólo veía edificios al comienzo, nada de casas. Recuerdo que eso me pareció horrible y triste a la vez. Cuando me di cuenta cruzábamos la famosa 9 de julio, apenas si pude ver el Obelisco, tuvimos que doblar y entrar por otra calle. Corrientes estaba en contra.

Nos hospedamos en el hotel “Milán” en Montevideo y Corrientes, a unas cuadras del Obelisco, en pleno centro de la ciudad. El hotel terminó siendo cualquier cosa, papá se dejó engañar por las fotos que vio en la página web, pobre. Nos dividimos en dos grupos. Los chicos con los chicos y las chicas con las chicas. El cuarto que nos tocó a mamá y a mí era oscuro, con una única ventana que daba al techo. Terrible, no se podía ver nada y tampoco entraba luz.

Ese primer día, yo quería quedarme descansado, me encontraba un poco mareada, pero mamá no me dejó, tenía que comer para poder tomar el jarabe. Fuimos a “Las Brazas”, un restaurante al frente del Milán. Todos comieron parrilla, menos yo, no tenía hambre, así que comí milanesa con puré. Lo único que quería era una coca-cola, pero tenía que ser sin helar, o como dicen por allá: al tiempo; en pleno verano y con más de 30 grados. Después de comer, mi hermano salió corriendo en busca de un teléfono público. Al final me convencieron y fuimos a dar una vuelta.

Bastó que pisara Corrientes para que de pronto todo cambiara. Me encantó ver tanta gente yendo y viniendo. Tiendas, librerías cada dos cuadras, cafés, bares sin fin. Los carros, el tráfico, la entrada al subte. Caminamos hasta el Obelisco y papá me tomó la típica foto de postal. Busqué un kiosco y compré una coca-cola en botellita de vidrio, para mi sorpresa me la podía llevar, no era retornable. Paseando con mi coca-cola por Corrientes no podía imaginar nada mejor.

Ese mismo día compré dos libros, uno de cuentos de Quiroga y “Cicatrices” de Juan José Saer, pensando que serían los primeros de muchos. Mentira, no volví a comprar más y hasta ahora me arrepiento. Luego fuimos a un Mall súper caro, donde nadie compró nada, y luego, de vuelta al hotel. Mi hermano salió a tomar con una amiga, yo preferí quedarme a descansar a pesar de su insistencia. Hubiera sido inútil de todas formas no hubiera podido tomar, pues seguía resfriada.

La primera noche no pude dormir y creo no dormí hasta el sábado y nosotros llegamos un miércoles. Ni siquiera podía ver televisión porque mamá dormía al lado, por suerte tenía el discman conmigo. Era raro el hecho de estar en otro país y tampoco poder dormir, ni poder hacer nada. Por lo general cuando tengo insomnio me quedo viendo cualquier cosa en la televisión o por último el techo de mi cuarto. Sin embargo, esta vez ver el techo o la pared, ya que mi cama estaba al lado de una, fue más que extraño casi aterrante. Ese saber que no podía hacer nada, ni salir, ni caminar, nada. Sólo estarme quieta era lo que me asustaba.

Al día siguiente me sentía peor y no tenía ganas de salir. Mi papá y mi hermano salieron durante la mañana, mientras mi mamá y yo nos quedamos durmiendo. Nos recogieron por la tarde para ir a almorzar. Creo que fuimos a otro Mall. En la noche caminamos por Callao y terminamos los cuatro sentados en una banca de la plaza frente a Congreso viendo como la gente paseaba no sólo a sus perros, sino también a sus bebés en coche a las once de la noche. Nos pareció todo un acontecimiento.

Esa segunda noche de insomnio, me encontraba echada en la cama viendo hacia la pared y de espaladas a la ventana. Hacía rato que tenía la impresión de que una luz iluminaba el cuarto. Al comienzo no le di importancia. Si hubiera estado aquí, podría atribuirlo a que pasó un carro o algo así, pero debido a la ubicación del cuarto eso no podía ser. Entonces volteé y pude ver claramente como una luz que provenía de afuera entraba en la habitación, permanecía unos segundos y luego se apagaba. Nunca olvidaré esa noche, tampoco los truenos.

Al día siguiente amaneció nublado y llovió todo el día. Había quedado en salir con mi papá y mi hermano temprano. Tuvimos que comprar paraguas para cada uno. Me encantó esa mañana, de lejos la mejor. Caminar, y bajo la lluvia, fue muy divertido. En Lima nunca llueve. Y eso hizo que la experiencia fuera inolvidable. Me costó un poco acostumbrarme al paraguas, era muy difícil no chocar con las demás personas que también llevaban sus respectivos paraguas. Luego cada vez que hay que entrar en algún establecimiento hay que cerrarlo y al salir volverlo a abrir. Nada del otro mundo, pero para quienes nunca han tenido la necesidad de usar uno, puede ser bastante complicado.

No sé cómo terminamos en la Bond Streat, una galería underground en Santa Fe. Papá al cabo de una hora se aburrió y salió a leer el periódico, además de estar preocupado por mamá quien se había quedado en el hotel. En cambio, mi hermano y yo nos recorrimos los cuatro pisos e igual creo que nos faltó tiempo. Si bien no compramos muchas cosas, la pasamos muy bien. También se hacen tatuajes y body piercing y hay un montón de gente de todo tipo, algo así como galerías Brasil para nosotros.

Los siguientes días pasaron mejor. Fuimos al teatro en familia a ver un musical y yo fui sola a ver un unipersonal con Julio Chávez, “Yo soy mi propia mujer”. Estuvo increíble, papá me sacó entrada en la segunda fila y literalmente Julio me escupía cada vez que decía su parlamento. También fui al cine a ver una película nacional, una comedia. Lo único que me faltó, fue ir a un recital. Creo que como era verano no había mucha movida. Igual a nosotros nos parecía que había un montón de gente, sin embargo los de ahí, decían que el centro estaba vacío.

El domingo fue mi cumpleaños número veinticinco y lo pasamos en familia. Fuimos a Recoleta, a una feria artesanal que sólo está los fines de semana en Plaza Francia. Visitamos el cementerio, mamá quería ver la tumba de Evita, pero no la encontramos. Sólo vimos la de Sarmiento. Después me enteré que ahí también estaba la tumba de Casares, y me la perdí. Ese día paseamos por la feria y fuimos a comer al shopping que quedaba ahí mismo. Debo decir que no la pasé muy bien, entre mi período y la resaca por haber bebido el día anterior, casi no podía estar en pie.

Regresé al hotel a la primera oportunidad que tuve, los cólicos menstruales me mataban. Razón de mi mal humor esa tarde en la feria, donde no quise comprar ni ver nada. Mis papás todavía se quedaron haciendo compras, mi hermano me acompañó al hotel y luego volvió a salir.

La siguiente semana pasó sin darme cuenta. Los días se sucedían unos detrás de otros. Me gustaba estar ahí, pero a la vez sólo pensaba en regresar a Lima. No sé, tal vez los estragos de la enfermedad, el insomnio o la inapetencia me hacían sentir así. El tema de la comida fue otro problema que me impidió disfrutar del viaje. No desayunaba y almorzábamos a las cuatro de la tarde o más, lo cual me producía unas terribles arcadas. Luego, ni bien probaba bocado, sentía repulsión y quería regresar todo lo que había entrado a mi boca. Muy extraño, hasta para mí.

Por fin llegó el viernes, diez días exactos en capital federal. No veía la hora de tomar el avión. Ese día estuve con mis papás, salimos a comer y a hacer algunas compras de última hora. Mi hermano salió por su cuenta. En el taxi yendo a Ezeiza, podía ver como todo iba quedando atrás, un paseo, un recuerdo; como que se perdía algo con cada kilómetro que avanzábamos. El avión partía a las seis de la tarde, lo cual quería decir que estaríamos llegando a Lima a las ocho de la noche, y de esa forma le habríamos ganado dos horas al tiempo.

No demoró tanto el recojo de las maletas y los trámites en el aeropuerto como cuando llegamos a Argentina. Salimos lo antes posible y tomamos un taxi para la casa. En el camino no podía dejar de ver las luces estridentes de los locales comerciales y el tráfico usual que caracteriza a esta ciudad y compararlo con la salida de Ezeiza. Todo era diferente, y no por eso mejor o peor, simplemente diferente.

Me gustó volver a Lima, estaba feliz de estar otra vez en casa y poder dormir en mi cama. A Buenos Aires la empecé a extrañar conforme pasaban los días y me daba cuenta de que ya no estaba allá y que no hice tantas cosas como hubiera querido. Así que espero volver, ojalá que la próxima no me termine enfermando un día antes.

jueves, 25 de agosto de 2011